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No importa tu nombre, no importa tu cara, no importa siquiera la forma, lo que importa es tu servicio.

Es doloroso darte cuenta de que no importás detrás del mostrador, ocho horas al día, seis días a la semana (en el mejor de los casos) bajo la miserabilidad de un salario que solo permite lo miserable.

Veo al rostro detrás del mostrador sin sonreír a la nada mientras no nota mi acoso lejano, repitiendo palabras, reciclando gestos y reiterando lo mismo a cambio de su subsistencia. Pasándole la vida, pero sin embargo ahí sigue, sentado en la nada, siendo nada y a la vez orador de precios. Trabajando a costa de la piratería comercial del material de gringos que tienen más plata de la que seguro cabe dentro de lo que mide su piecita de alquiler en los suburbios de los barrios.